Punto de partida
Las políticas contra el bullying fallan cuando solo reaccionan si la víctima es LGBT. El prejuicio homofóbico también se usa para disciplinar a niños que simplemente no encajan en las normas tradicionales de masculinidad.
Un problema de derechos, no de “corregir comportamientos”
En muchos entornos escolares, la masculinidad funciona como una regla informal: se espera que los niños hablen, jueguen, se muevan y expresen emociones de determinadas maneras. Quien se aparta de ese guion puede ser objeto de burlas, insultos o aislamiento, aunque no sea gay, bisexual o trans.
Esta situación adquiere especial relevancia en niños y adolescentes con autismo o TDAH. Algunas características asociadas a la neurodivergencia pueden hacer menos automática la lectura de códigos sociales, más difícil la inhibición de ciertos gestos o menos relevante la necesidad de ajustarse a expectativas grupales. El resultado puede ser una expresión de género percibida como menos convencional.
El deber institucional no es entrenar a esos estudiantes para que oculten su diferencia. Es garantizar que puedan aprender y desarrollarse sin violencia.
La expresión de género no permite presumir orientación ni identidad
Uno de los errores que más daño produce consiste en convertir gestos, voz, juegos o preferencias en una “prueba” de orientación sexual o identidad de género. La expresión de género es una dimensión distinta. Un niño puede tener una expresión que su entorno considera femenina y ser heterosexual; puede ser gay; puede ser trans; puede no tener todavía palabras para nombrarse. Ninguna de esas posibilidades debe imponerse desde fuera.
También es incorrecto invalidar una identidad trans o no binaria por la presencia de autismo. La investigación de Warrier et al. (2020) mostró una asociación relevante entre diversidad de género y autismo, pero una asociación estadística no convierte la identidad en un síntoma ni autoriza a desconocer la voz de la persona.
Qué muestran los estudios disponibles
Strang et al. (2014) encontraron mayor varianza de género entre niñas, niños y adolescentes con autismo o TDAH respecto de un grupo de comparación. Bejerot y Eriksson (2014) observaron que personas autistas adultas mostraban menor ajuste a ciertos rasgos tradicionales de género. En paralelo, la literatura sobre masculinidades ha documentado cómo el insulto homofóbico puede funcionar como mecanismo de disciplina entre pares, castigando a quienes no cumplen las expectativas de masculinidad.
La evidencia disponible tiene límites: estos estudios describen asociaciones y buena parte de la investigación procede de Norteamérica y Europa. Aun así, son suficientes para sostener una conclusión práctica: las instituciones deben evitar diagnósticos sociales improvisados y concentrarse en prevenir la violencia.
El insulto homofóbico debe entrar en los protocolos aunque la víctima no sea LGBT
Cuando expresiones como “maricón”, “afeminado” o equivalentes se utilizan para humillar a un niño por sus gestos, voz, sensibilidad o intereses, existe una agresión basada en prejuicios de género y sexualidad. La respuesta institucional no puede depender de que el estudiante revele o demuestre una orientación sexual determinada.
La intersección entre neurodivergencia y violencia escolar
El metaanálisis de Maïano et al. (2016) estimó una elevada prevalencia de acoso escolar entre estudiantes autistas, incluido el acoso verbal. Si a esa vulnerabilidad se suma una expresión de género que el entorno percibe como no normativa, el estudiante puede enfrentar una doble exposición: capacitismo y sanción por género.
La violencia puede aparecer en el patio, en redes sociales o incluso en el hogar mediante correcciones aparentemente menores: “camina bien”, “no hables así”, “compórtate como hombre”. Estas frases transmiten que la seguridad depende de ocultarse, en lugar de enseñar al entorno que la diversidad no justifica la agresión.
Cinco obligaciones prácticas para instituciones educativas
1. Nombrar la violencia
Incluir insultos homofóbicos, burlas por expresión de género y hostigamiento capacitista en los protocolos de convivencia.
2. No exigir una identidad
La protección no debe condicionarse a que el estudiante se identifique como LGBT.
3. Formar al personal
Docentes y equipos de orientación necesitan herramientas sobre neurodivergencia, diversidad sexual y género.
4. Documentar y actuar
Registrar incidentes, medidas adoptadas y seguimiento, evitando minimizar las agresiones como “bromas”.
5. Escuchar sin imponer
Separar expresión, orientación e identidad y permitir que la persona nombre su experiencia a su propio ritmo.
Familias: acompañar sin convertir la masculinidad en una prueba
La familia puede ser el principal factor protector o el primer espacio de vigilancia. Preguntar cómo se siente el niño, conocer lo que ocurre en la escuela, validar su forma de expresarse y buscar apoyo cuando aparecen ansiedad, aislamiento o cambios importantes son respuestas protectoras.
En cambio, corregir gestos, restringir amistades, prohibir juegos o insistir en que “se comporte como hombre” enseña que la aceptación depende del cumplimiento de una norma. Ese mensaje puede aumentar el camuflaje, la vergüenza y el agotamiento.
Profesionales: evaluar dimensiones distintas, no reducirlo todo al diagnóstico
Una evaluación responsable distingue entre neurodivergencia, expresión de género, identidad, orientación sexual y efectos del acoso. No toda expresión no normativa deriva del autismo o del TDAH, y tampoco toda diversidad de género debe interpretarse como confusión.
Cuando existe sufrimiento, la pregunta clínica relevante no es “¿cómo logramos que parezca más masculino?”, sino qué está ocurriendo en su entorno, qué violencia enfrenta, qué necesita para sentirse seguro y cómo puede desarrollarse con mayor autenticidad.
Una política de inclusión debe proteger antes de etiquetar
Las organizaciones LGBT, las instituciones educativas y las familias comparten una responsabilidad: ampliar los espacios donde un niño pueda ser diferente sin que esa diferencia se convierta en un blanco. La prevención del bullying también es una política de derechos humanos.
Referencias principales
- Bejerot, S., & Eriksson, J. M. (2014). Sexuality and gender role in autism spectrum disorder: A case control study. PLoS ONE, 9(1).
- Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.
- Maïano, C., Normand, C. L., Salvas, M.-C., Moullec, G., & Aimé, A. (2016). Prevalence of school bullying among youth with autism spectrum disorders: A systematic review and meta-analysis. Autism Research, 9(6), 601–615.
- Pascoe, C. J. (2007). Dude, you’re a fag: Masculinity and sexuality in high school. University of California Press.
- Strang, J. F., et al. (2014). Increased gender variance in autism spectrum disorders and attention deficit hyperactivity disorder. Archives of Sexual Behavior, 43(8), 1525–1533.
- Warrier, V., et al. (2020). Elevated rates of autism, other neurodevelopmental and psychiatric diagnoses, and autistic traits in transgender and gender-diverse individuals. Nature Communications, 11, 3959.